viernes, 13 de diciembre de 2013

volar

Viajar en avión no es una cosa relevante en la vida de la mayoría de las personas que lo hacen. Después de todo, los mareos y el miedo se vuelven una costumbre, un ingrediente más en la sopa de la cotidianidad  Sin embargo, y como estoy segura que muchas personas también lo harán, viajar en avión es una de mis cosas favoritas. No solo por sobrevolar los campos, praderas y montañas, ni por observar con la más grande de las admiraciones como las esponjosas nubes se juntan unas con otras formando un enorme colchón blanco. La principal razón por la cual incluyo a esta como una de las cosas que más difruto es simple: me gusta sentir que una vez allí arriba se está completa y ciegamente entregados a la voluntad de quién sabe qué. Quizás suene algo masoquista, lo comprendo a la perfección. Sin embargo, el punto más fascinante es sentir y comprender que somos más pequeños de lo que creemos, mucho más pequeños. La sensación de que cualquier turbulencia puede ser "catastrófica". En pocas palabras, lo que más disfruto de todo el viaje es voltear hacia la ventanilla y ver como, al atravesar todas esas nubes similares a copos de algodón, hay algo más. El sol brilla intensamente aunque abajo no se perciba. El cielo se vuelve más oscuro cuanto más arriba mires. Y ahí caes en la cuenta de que somos una ínfima parte del todo, pero somos parte, al fin y al cabo estamos sobrevolandolo. Será por eso que disfruto tanto allí en los aires, por la paradoja que esto supone. Quizás aún no haya desifrado del todo mi gusto por los aviones, pero espero algún día poder hacerlo.

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